Los Lykov, la familia rusa que vivió en total aislamiento y separada de los humanos durante 40 años

 

La familia rusa que vivió en completo aislamiento durante 40 años Separarse de los grandes conjuntos humanos siempre y en todo momento ha sido mal visto, puesto que en ese acto de escapada se ve el signo del castigo, la prosecución o bien la insensatez. Los mitos viejos nos enseñan que aquellos que se apartan de la comunidad mueren olvidados y se consideran seres malvados y también indeseables. Si una desgracia griega trata esclarecedoramente el tema de la deserción es la de Hipólito de Eurípides y si una oración de canción nos tuviese que rememorar la desgracia del personaje de Eurípides, debería ser esta de Cerati: “Separarse de la especie por algo superior no es soberbia, es amor”.


 

Los motivos que llevaron a la familia Lykov a internarse en las zonas salvajes de Rusia para separarse del rebaño son idénticas a las razones místicas tras el aislamiento de Hipólito y de Cerati. Esta singular familia procuró cobijo en la zona que generalmente funcionaba como cárcel a lo largo del régimen despótico de Stalin: Siberia. Integrados por 4 miembros, los Lykov debieron huir cuando Joseph Stalin desató una prosecución contra la población que no comulgase con los ideales políticos y religiosos de su dictadura.

 

Los Lykov formaban una parte de una religión ultra ortodoxa que se apegaba a los dogmas cristianos de comportamiento y no reconocían otra otra ley o bien autoridad que no fueran la biblia y Dios. Esto era, de manera segura, el género de disidencia religiosa que ofendían a Stalin y al estado soviético.

 

En los comienzos del siglo XVII, la iglesia ortodoxa rusa hizo ciertos cambios en sus dogmas, reformas que cierto conjunto no admitió y se apartaron para llamarse “los viejos creyentes”, rama ultra ortodoxa con la que comulgaban los Lykov, quienes no admitían el baile, la música, el alcohol y el tabaco, o sea, desdeñaban todo placer mundano.

 

La familia Lykov constaba de 6 integrantes: los progenitores, Karp Lykov y Akulina, con sus 4 hijos, 2 varones y 2 mujeres, que fueron criados en la taiga siberiana bajo las recias indicaciones de su religión. El clan Lykov fue descubierto en el año mil novecientos setenta y ocho por un conjunto de geólogos que exploraban la zona siberiana en pos de asentamientos de petróleo y gas natural. Se hallaban cerca de la frontera con Mongolia y Kazajstán, donde habían pasado cuarenta años sin comunicación alguna, sin saber que Stalin había fallecido y que había ocurrido la Segunda Guerra Mundial.


 

Uno de los intereses de la población rusa, tras hacerse pública la presencia de los Lykov, era saber de qué manera habían conseguido subsistir al infernal tiempo de Siberia a lo largo de tantos años. Exactamente, los estudiosos describieron las penalidades a las que habían sido sometidos por el duro invierno siberiano. Su casa tenía piso de paja, no tenían ventanas, se vestían con pieles de los animales que cazaban y en ocasiones no contaban con calzado, aun andaban sobre la nieve descalzos. Se nutrían de los escasos frutos que ofrecía su ambiente y de una huerta que habían establecido, mas que les era bastante difícil sostener debido a las heladas condiciones climáticas y a la intrusión de animales.

 

Una de las cosas por las que agradecieron a los geólogos fue por el regalo de una bolsa de sal, diciendo que “fue una tortura vivir todos estos años sin ella”. Indudablemente, la vida de los Lykov resultó muy, muy dura, puesto que era el coste de su desencuentro con la civilización. La mala nutrición les trajo problemas médicos que acabaron en sus muertes. Ahora solo subsiste Agafia Lykova, de setenta y tantos años, mas asimismo sufre múltiples enfermedades. Además de esto, si bien recibe ayuda, prosigue rechazando las costumbres de la sociedad moderna. Aun solicita que los comestibles que le son donados no lleven código de barras, puesto que en esa secuencia de números y líneas ve un signo de la bestia.

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